Desde 2005 preside la Asociación Compostela Monumental, una entidad que reúne a los comerciantes, empresarios y profesionales del centro histórico y que trabaja por mantenerlo activo, atractivo y habitable. Bajo su liderazgo, la asociación ha impulsado ferias, campañas y proyectos de dinamización que hicieron del casco histórico un espacio vivo y competitivo. En paralelo, al frente de la Confederación Española de Asociaciones de Comerciantes de los Cascos Históricos (COCAHI), coordina a más de medio centenar de organizaciones de todo el país. Su gestión ha sido reconocida con tres premios nacionales de comercio, un logro que ningún otro colectivo gallego ha alcanzado.
Tiene fama de hombre de carácter, pero no de esos que necesitan imponerse. En su caso, no hay que confundir el carácter con la dureza: lo suyo es una convicción que se transmite desde la constancia. Defiende sus ideas con calma y cumple su palabra como si fuera un contrato. “Mi palabra es un documento -dice-. No soy un hombre de dar vueltas a la rotonda. No me gusta perder el tiempo ni que me lo hagan perder.”
A medida que avanza la conversación, se van desvelando capas, como una cebolla: el dirigente cede lugar al hombre, el comerciante revela al hijo, y en esa firmeza tranquila aparece una sensibilidad que vive Santiago sin paraguas, a gusto bajo la lluvia.
Su historia está hecha de trabajo, raíces y voluntad. Su padre fue emigrante. “Estuvo treinta años en Suiza. Era un hombre de mente muy abierta, siempre decía que la mejor universidad era la vida. Veía las cosas distinto, era un visionario, con mucho carácter. Y eso lo heredé.” Trabajó en carreteras, pasó también por Alemania y falleció hace poco más de un año y medio. Bello Rey lo recuerda con orgullo: “Mi padre fue un hombre muy adelantado a su tiempo, al estilo de Fraga.”
En San Mamede de Andoxo, su madre mantuvo viva la tradición familiar del comercio, en una tienda grande donde pasó su infancia. De ella heredó la constancia. “Fue siempre la que estuvo a mi lado. Jugaba debajo del mostrador. Allí nació la vena de comerciante. Vendíamos productos de higiene, regalos de boda, mantas, menaje. Era una tienda de las de antes, donde había de todo.” Aquellos años dejaron una huella que todavía perdura.
También por la parte paterna venía el negocio. “Una parte de la familia tuvo tiendas textiles en la Plaza de Abastos, dos tiendas del hermano de mi abuelo, Manuel Bello Gómez. De ahí viene el comercio familiar.” De esos dos mundos –el de la emigración y el del mostrador– nació una forma de ser práctica, observadora y perseverante, marcada por el trabajo y la cercanía.
Antes de dedicarse plenamente al comercio, fue perito y luego director de seguros, en A Coruña. “Fue una experiencia bonita, viajé mucho, tuve mucha gente a mi cargo, fui premio nacional de producción. Pero me cansé: no veía nunca a mis hijos. En 1999 decidí volver.” Aquel regreso no fue casual. “Volví para poner en valor las propiedades y los activos de la familia en el centro de Santiago.” Poco después, lo invitaron a colaborar en la asociación. Entré como vicepresidente, porque me pidieron que echara una mano a la asociación y al final terminé de presidente.”
Cuando asumió en Compostela Monumental, la institución se encontraba en una situación delicada. “Pregunté cómo estábamos económicamente. Solo había cuarenta céntimos. Lo primero que hice fue cambiar las ruedas de la furgoneta con dinero de mi bolsillo. Pero había que sanear la asociación y devolverle el prestigio.”
“Durante veintitrés años regalamos un coche cada año. En una ciudad de cien mil habitantes había medio millón de papeletas. Nadie lo hizo en España.” Aquella campaña, que hoy suena a otra época, resume su idea de dinamización: el comercio no como simple intercambio, sino como motor social.
Su forma de entender la gestión parte del trabajo y del ejemplo. “Hacer ciudad es generar riqueza, tener calles más atractivas y mejores servicios para comerciantes, vecinos y visitantes. Es trasladar un modelo de ciudad y buscar proyectos innovadores para aplicarlos.” Bajo esa lógica fue consolidando su liderazgo, con una mezcla de gestión, vínculos humanos y resistencia.
Durante la conversación, se detiene especialmente en uno de los grandes desafíos del sector: el relevo generacional. “El pequeño comercio se enfrenta a la venta online porque cambiaron los modelos de compra. Nuestros hijos no saben que el comercio local genera empleo, hace ciudad y vecindad. Se acostumbraron al clic. Hay que sensibilizar al joven para que entienda lo importante que es el pequeño comercio.” Lo dice con preocupación, pero sin nostalgia. “Los jóvenes no quieren ser esclavos, tienen otra visión. Pero hay que seguir luchando.”
Durante la pandemia, vivió uno de los momentos más significativos de su trayectoria. “La gente regresó a los pequeños comercios locales y los valoró de nuevo. Pero duró poco. Si queremos tener una ciudad ejemplar, tenemos que contar con un sector de primer nivel. Sin comercio no hay ciudad. Es la luz que ilumina las ciudades.”
Tiene una mirada lúcida sobre lo que funciona y lo que no. “Es un error tener tres aeropuertos y todos mal gestionados. Nuestro aeropuerto era líder en vuelos internacionales y ahora la gente llega a Oporto o Madrid. Eso frena la economía.” También es tajante con la tasa turística. “No estoy de acuerdo con ninguna tasa. Hay que bajar impuestos. Me gusta el estilo de Ayuso: sin tasas, como Madrid. Si una familia que se queda tres o cuatro días y paga 2,5 euros por cada integrante lo nota, y debilita la economía.”
Su visión de la ciudad combina orgullo y sentido común. “A mí me gustaría tener mejor movilidad, un modelo como el de Tenerife, con trenes de superficie, de Milladoiro a Tambre, y movilidad dentro del casco histórico con autobuses ecológicos y eléctricos para la gente mayor.” Pero también apunta a lo esencial: “Necesitamos el regreso de la gente que se fue por exceso de burocracia o falta de servicios. Todos hablan del casco histórico, pero no viven en él. Nos imponen un modelo sin conocer la realidad del quehacer diario.”
Desde su posición al frente de la Confederación Española de Asociaciones de Comerciantes de los Cascos Históricos de España (COCAHI), ha tenido ocasión de conocer, comparar y coordinar asociaciones de todo el país. Bello Rey se ha vuelto, con los años, también un referente nacional. Bajo su presidencia, la Confederación pasó de doce asociaciones fundadoras a más de cincuenta activas. “Los comercios más importantes de España están representados por un gallego, y eso es un mérito.” Su trabajo lo llevó a viajar, conocer, comparar y coordinar asociaciones de todo el país. “Me reconocen mucho lo que hice por la ciudad. Es difícil ganarse el prestigio, pero se gana siendo un hombre equilibrado, con ideas y resultados. Cuando ya hiciste cosas y creas proyectos, te reciben con respeto, incluso los propios reyes Felipe VI y Letizia.”
Cuando habla de otros cascos históricos, Bello Rey no oculta su admiración ni sus críticas. Destaca el modelo de Toledo, “por sus parkings en altura que permiten meter el coche mismo en el centro de la ciudad”, y también “por las cintas peatonales que facilitan el movimiento dentro del casco”. Menciona a Oviedo como ejemplo de limpieza, a Vitoria por su gestión y al barrio de las Letras de Madrid “por la historia y la cultura escrita en sus calles”. En materia patrimonial, considera que Santiago y Córdoba son referentes nacionales. Pero también advierte sobre los errores: “Hay ciudades mal gestionadas. En Alicante, por ejemplo, hay cuatro asociaciones en una misma calle, y así es imposible acordar. Si quiero abrir mercado en ciudades así, ni encuentro gente afín, porque cada uno va a su manera.”
A nivel nacional, los desafíos son distintos, pero la implicación es la misma. “No quería seguir en la presidencia de la COCAHI; prometí el último mandato y me pidieron que vuelva. No hay gente capacitada para eso, tampoco hay relevo generacional.” Esas palabras las dice sin resignación, más bien como quien asume una responsabilidad.
Su franqueza es parte de su marca. “A mí las tonterías, lo justo. Cuando me vienen con proyectos que no van para adelante, no me entran en la piel.” Lo dice sin rabia, con la serenidad de quien conoce bien los ritmos y defectos de cada lugar. “Nunca vi tan bajo el nivel de la política. En todos los ámbitos, en todo el país. Muchos asesores cobran sueldos altos, pero tienen poco conocimiento de las ciudades y de la economía real.”
Es directo, pero empático. “No podría vivir sin el trato con el público. Siento verdadera vocación.” En sus propias tiendas, atiende, escucha y aconseja. Lo hace con el mismo entusiasmo de sus inicios. “Hay muchos comerciantes veteranos a los que les tengo aprecio. Me ayudaron con serenidad. Los quiero, y ellos me quieren.”
Un día, mientras compraba unos zapatos en la plaza Roja, el vendedor lo miró y le dijo: “Usted es un buen presidente.” No se conocían. “Me sorprendió -recuerda-, porque no era comerciante del casco histórico. Pero eso me pasa a menudo: hay gente que no es socia y, aun así, me considera su presidente.” Ese tipo de reconocimiento lo conmueve más que cualquier premio.
Fuera del trabajo, su relación con Compostela es íntima. “Me autogestiono mirando el pino del Hostal de los Reyes Católicos, justo enfrente de mi comercio.” En esa imagen cotidiana se condensa su manera de vivir la ciudad: con los pies en la piedra y la cabeza en movimiento. “La lluvia marca. Los peregrinos y la espiritualidad son Compostela.”
A Santiago le dedica frases de afecto y advertencia. “Santiago es la ciudad del amor, no París. París lleva la fama, pero Santiago carda la lana. La lluvia es arte, es amor.” Y también: “Aquí no hay turismofobia. En Santiago existe un olor fantástico a peregrino. Los que vivimos en el casco histórico nunca nos sentimos invadidos. Esa hospitalidad viene del Camino y así debe seguir.”
Sigue observando, aprendiendo y caminando. “Leo siete periódicos cada día. Me gusta ver luces, árboles, comercios. Uno aprende caminando, como buen peregrino.” Esas palabras resumen una filosofía sencilla: la vida se entiende andando, como se entiende Santiago. “Trabajamos a media jornada -ironiza-: catorce horas, los 365 días del año.” A pesar del ritmo, dice no imaginarse fuera del comercio. “Si hay poca gente, abro igual, porque hago ciudad.”
En Santiago, sigue enfrentando los mismos retos de siempre: la burocracia, la movilidad, el relevo generacional y la defensa del pequeño comercio. “Me gustaría que los bonos de comercio que se sacaron en la pandemia vuelvan, porque fueron exitosos y serían buenos para las etapas más difíciles del año. Quiero un bono nacional en temporada baja. Estoy de acuerdo con los bonos, pero hay bonos de la Xunta, del Ayuntamiento y de la Diputación de A Coruña: debería haber uno solo y bien hecho.
Su sueño no es personal. Es una idea de ciudad. “Mantener la independencia en cualquier organismo es difícil. Las instituciones deben ser modélicas y descentralizadas. Cuando buscan clonarte los modelos de funcionamiento es porque estás haciendo las cosas bien.” Y cuando se le pregunta cómo le gustaría ser recordado, no duda: “Como un buen gestor, por defender siempre los intereses del comerciante con dignidad.”
Antes de terminar, agradece a los suyos con naturalidad, sin discursos ni adornos. “A mis hijos y a mi mujer, porque me entienden. Llevan muy bien el partido.” Quizá por eso su historia emociona: porque entre el dirigente, el comerciante y el vecino no hay distancia. Porque sigue atendiendo detrás del mostrador, como aquel niño que jugaba bajo el mostrador de su madre. Porque en cada palabra suya hay algo de Santiago: lluvia, trabajo, carácter y afecto.
Cuando termina de hablar, la ciudad parece escucharlo. No hay discursos ni solemnidad, solo una verdad sencilla, dicha con la calma de quien conoce su tierra como pocos: “Santiago es el reencuentro con uno mismo.”
Fuente: El Diario de Santiago